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EDITORIAL

ENTRE CANÍBALES

A mediados de los noventas, en el ciclo "Peor es Nada", Jorge Guinzburg junto a Horacio Fontova parodiaban al programa político "Hadad & Longobardi". El sketch terminaba cuando una lluvia de sobres caía sobre los personajes, en obvia y nada sutil alusión al dinero negro que se decía recibían los periodistas para operar a favor o en contra de algo o alguien.
Siempre ha circulado el rumor sobre periodistas que han recibido y/o reciben dinero del gobierno de turno para armar operaciones de prensa; pero la corrupción no da recibos, y aunque hay quienes aseguran haber visto nóminas detalladas, es algo que todavía no fue debidamente presentado ante la opinión pública.
A raíz de la investigación que Jorge Lanata presentó en el primer programa de su ciclo 2013, sobre Lázaro Báez y el blanqueo de capitales, algo se agitó en el mundillo periodístico. Desde entonces, Mauro Viale dedica su envío matutino a denostar a Lanata; intenta minar la credibilidad del fundador de Página/12 con diversos argumentos, mayormente antojadizos y maniqueos.
Luis Ventura, por su parte, pasó a ser una figura omnipresente en el aire de América, canal que le dio espacio en toda su programación para que repitiera sus razones para creerle al impresentable Leonardo Fariña, imputado en el "Lazarogate".
Pero eso no fue suficiente para Ventura. Luego de que Lanata alcanzó los 33 puntos de rating, vió el filón y salió a capturar algo de ese suceso, pero con sus armas, claro está. Así puso al conductor de "Periodismo para Todos" en tapa de la farandulera Paparazzi, y dedicó un programa de "Secretos Verdaderos" a revolver la historia personal de Lanata.
No son pocos los que denuncian que detrás del accionar de Ventura habría algo más que la búsqueda de rating o el querer vender alguna revista más. La imagen de los sobres cayendo vuelve a tomar la escena, el dinero negro que todo mancha cobra protagonismo y el peor periodismo de periodistas ocupa el centro de la atención, distrayendo -finalmente- de lo que realmente importa.
Lanata logró poner sobre el tapete un tema sensible para la política local, y para el gobierno nacional en particular. Lo que no sucedió con escándalos como el caso Ciccone, que involucra nada menos que al vicepresidente Boudou, pasó con el Lazarogate: llegó a la peluquería, a los bares, al mercado. El tema está en la calle y salpica al poder, por eso hay que distraer y matar al mensajero. Ahí entran a jugar Rial y Ventura, líderes expertos en banalización y difamación a pedido, con llegada a los sectores más populares de la teleaudiencia. Si lo hacen porque ven un negocio en ello, por convicción o a cambio de un sobre con dinero del estado, es algo que no sabremos nunca; lo que sí es cierto, es que lejos están de contribuir con la concientización que el pueblo debe tener sobre un caso de corrupción que más temprano que tarde acaba perjudicándonos a todos.



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